EL ESCULTOR MANUEL PEREIRA

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"¡Ay! ¡Pobre Yorick! ¿Qué se hicieron de tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes que animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya de músculos, ni puedes reírte de tu propia deformidad..." Esta es la reflexión sobre la muerte y el paso del tiempo que William Shakespeare pone en boca de Hamlet, príncipe de Dinamarca, cuando a la vuelta de su destierro en Inglaterra se informa de la muerte de Yorick, bufón de la corte y amigo de infancia. Hamlet la pronuncia sosteniendo en la mano la calavera que acaba de sacar de la tumba de su amigo.

En 1652, medio siglo después de ser escrita esta pieza, el rey Felipe IV, con cuarenta y siete años de edad y quizás algo cansado de una vida repleta de excesos, haría una reflexión similar a la de Hamlet. Pensaría ya en la fugacidad de la vida al ordenar al cochero que aminorase la marcha cuando pasaba ante la fachada de la Hospedería del Paular de la madrileña Calle de Alcalá.

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Al rey le gustaba admirar con detalle la escultura de San Bruno que había labrado en piedra quien hoy se considera mejor escultor de su época y al que admiraba: el portugués afincado en Madrid, Manuel Pereira. Había llegado a sus oídos lo que la gente decía de este San Bruno, que "no habla porque es cartujo".

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Pero el rey sabía que esa frase la había pronunciado él mismo diecisiete años antes mientras contemplaba, absorto, el otro San Bruno en madera que Pereira hizo en su taller de la calle Cantarranas (actual calle Lope de Vega) por encargo del cardenal Zapata para la Cartuja de Miraflores de Burgos.

En aquella ocasión permaneció en un prolongado silencio rodeado de algunos cortesanos hasta que el más adulador de ellos, conocedor de la admiración que el rey tenía por el escultor, se le acercó susurrando: "No le falta más que hablar". El rey salió de su ensimismamiento diciendo: "Si pudiera no lo haría porque es cartujo".

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Hablar de Manuel Pereira (Oporto, 1588 - Madrid, 1683) es referirse a uno de los grandes  escultores barrocos de la península junto a Gregorio Fernández y Martínez Montañés, siendo su concepto de teatralidad completamente diferente a la de éstos últimos. 

Sus obras se extendieron por toda la península ibérica, localizándose en Alcalá de Henares, Amorebieta, Ávila, Bemfica, Burgos, Loeches, Longares, Madrid, Martín Muñoz de las Posadas, Murcia, Pamplona, Salamanca, Segovia, Sevilla, Soria y Torrejón de Velasco. Muchas de ellas desaparecieron al comienzo de la Guerra Civil.

 Llegó a ser el representante madrileño de la escuela castellana de escultura naturalista del siglo XVII. Su estilo está marcado por un naturalismo sin afectación, arrogante en su apostura, esbelto y elegante, cuya repercusión llegó hasta el siglo XVIII. Su realismo aglutina la finura andaluza de Martínez Montañés y el misticismo castellano de Gregorio Fernández. Supo fusionar con habilidad el realismo dramático tan del gusto español con la dulzura del arte portugués, pero huyendo siempre del gusto por el histrionismo y del pathos exacerbado.

¿Cómo llega a Madrid? Se sabe que nació en Oporto en 1588, hijo de André Gomes Pereira y de Guiomar de Resende pero se desconocen todos los datos relativos a su formación. Se cree que pudo formarse en Italia y en Valladolid ya que a partir de 1600 consta su presencia en los ambientes de una recién estrenada corte de Felipe III y posteriormente en la de Felipe IV donde ya permanecería trabajando hasta su muerte. 

Su primera obra conocida está documentada en 1624, tres años después de la subida al trono de Felipe IV, cuando llega a Alcalá de Henares para realizar las esculturas de la fachada de la iglesia levantada por la Compañía de Jesús (actual iglesia de Santa María). 

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Un año después contraería matrimonio en Madrid con María González de Estrada, madre de sus dos hijos y fallecida en 1639. Para esa fachada representó en piedra a San Ignacio, San Francisco Javier, San Pedro y San Pablo.

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En 1634 realizó para el retablo Mayor de este templo junto con el escultor Bernabé de Contreras, por 800 ducados, las tallas en madera dedicadas a San Ignacio de Loyola, Santa Catalina mártir, San Francisco Javier, Santa Inés, San Pedro, San Esteban, San Pablo y San Lorenzo. Todas ellas se destruyeron en 1936.

Para el Convento Cisterciense de San Bernardo (Madres Bernardas) de Alcalá realizó en 1626 un San Bernardo ensimismado en la lectura, labrado en piedra, para la fachada del templo.

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Y para el Colegio de Santo Tomás de Aquino (Padres Dominicos) de Alcalá talló en 1638 una Virgen del Rosario con el Niño, encargo de Francisco de Oviedo por 300 ducados, actualmente desaparecida. 

Ya en Loeches labró en piedra hacia 1646 las esculturas de Santo Domingo y Santa Catalina de Siena para la iglesia del monasterio de la Inmaculada Concepción (Madres Dominicas), por encargo de la duquesa de Sanlúcar, viuda del Conde-duque de Olivares. Dicho Monasterio alberga el panteón de la Casa de Alba. 

En Torrejón de Velasco recibió el encargo de ocho esculturas en 1661 para la iglesia de San Esteban, de las que sólo pudo terminar las de San Pedro y San Pablo debido a una enfermedad. Las otras seis (San Juan Bautista, San Juan Evangelista y cuatro Doctores de la iglesia) fueron realizadas por su discípulo Manuel Correa. Todas ellas desaparecieron en 1936.

Su obra en la capital del reino fue muy extensa, si bien quedó también muy mermada tras la Guerra Civil.

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El escultor portugués Manuel Pereira instaló su prestigioso taller en la calle Cantarranas (actual Lope de Vega) de Madrid hacia 1646. Allí convivió junto a su familia, madre y hermano (el también escultor Pantaleón Gómez). Su vida conoció los éxitos y fracasos propios de los artistas, conociendo incluso la prisión en 1635 cuatro años antes de fallecer su mujer, debido a las deudas contraídas. Pudo liberarse de ella gracias a sus fiadores y colaboradores, el ensamblador Juan Bautista Garrido y el pintor Giuseppe Leonardo. 


Recibió el nombramiento de Familiar del Santo Oficio, un título muy apreciado por él según se deduce de su testamento, en cuyo encabezamiento antepone este título al oficio de escultor, tras presentar las pruebas pertinentes de limpieza de sangre y alegando ser descendiente de "cavalleros fidalgos del Reyno de Portugal".


Su deseo de ascender socialmente se vio cumplido al llegar a disfrutar de una desahogada posición económica y al conseguir casar a su hija Damiana con D. José de Mendieta, caballero de la Orden de Santiago, a la que también llegaron a pertenecer sus nietos.


En Madrid realizó una copiosa producción escultórica, en piedra, alabastro y madera. Sus modelos, especialmente la iconografía de crucificados vivos y santos, ejercieron una gran influencia en la escultura madrileña de su tiempo, en una época de gran demanda de imágenes para las iglesias de Madrid y alrededores. También envió obras al convento portugués de Santo Domingos de Bemfica por encargo del conde de Figueiro, de las que se conservan un singular crucifijo y una Virgen del Rosario de gran dulzura en su rostro, trabajando como colaboradores su hermano Pantaleón y los escultores Manuel Correa, también originario de Oporto, Manuel Delgado y el navarro José Martínez.

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Manuel Pereira alcanzó una edad longeva, observándose en su etapa final cierta influencia de Alonso Cano, si bien durante los diez últimos años de su vida sufrió una paulatina ceguera que le fue apartando de la vida profesional.


Su ciclo vital se inició en un Portugal recién anexionado a la corona española, vivió y trabajó en un reino que fue dual más de sesenta años y murió como extranjero en Madrid en 1683 a punto de cumplir los 95 años de edad.


Gracias a las investigaciones realizadas por Mercedes Agulló Cobo y Jesús Urrea Fernández podemos hacer un completo recorrido cronológico por las obras madrileñas de Pereira, muchas de las cuales conocemos en todo su esplendor si bien, en muchos casos, la tarea de reproducirlas no resulta nada fácil por no decir que se trata de una misión imposible. Por ello agradecemos también a los autores de algunas de las fotografías que, por su dificultad, hemos utilizado para ilustrar este estudio:

  • El Cristo del Olivar, tallada en 1647, preside el oratorio de igual nombre y tiene como todos los Cristos del escultor unas esbeltas proporciones e influencias del granadino Alonso Cano.

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  • El Cristo del Perdón. Representaba a Cristo arrodillado sobre la esfera del mundo intercediendo ante el Padre por los hombres. Desapareció junto al convento del Rosario de Madrid en 1936. Podemos hacernos una idea suya por las réplicas que se hicieron de él como la de Comillas y la de Luis Salvador Carmona de 1751 para la Granja de San Ildefonso, repetida en Atienza y en el Convento de Nª Sª del Rosario de Nava del Rey.

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  • Esculturas de San Antonio de Lisboa y Padua. Fueron talladas para la iglesia del Hospital de los portugueses. Sobre el dintel de la puerta de ingreso al templo se sitúa la hornacina que alberga la que talló en piedra hacia 1630-1647. Es una representación clásica de la iconografía del santo lisboeta a la que el autor le impregna de una especial ternura en la mirada que dirige al Niño Dios.

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El retablo mayor lo preside una talla en madera policromada del santo realizada hacia 1632-1640. Se conserva muy reformada y repintada desde el siglo XVIII.

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  • Para la muy cercana iglesia del Convento de San Plácido realizó hacia 1668 las cuatro grandes tallas en madera policromada de San Anselmo (no disponible), San Bernardo de Claravall, San Ruperto de Salzburgo y San Ildefonso. Están alojadas en las hornacinas de los cuatro machones del crucero del templo. Tienen una factura imponente con una policromía austera y expresividad concentrada. Su desigual calidad hace sospechar a Jesús Urreala intervención de algún colaborador.

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Se relacionan también con Pereira las esculturas de San Plácido y San Benito situadas en la parte baja de las calles laterales del retablo mayor.

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Y para la fachada del mismo templo talló en piedra un bellísimo altorrelieve de la Anunciación situado sobre el dintel de la puerta, así como un San Benito dentro de un nicho protegido por una reja.

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  • Para la parroquia de San Andrés talló un gran número de esculturas entre 1658 y 1668. El retablo mayor alojaba las imágenes de la Virgen, San Andrés, San Pedro, San Pablo, Santa Teresa de Jesús, San Pedro de Alcántara, San Juan Evangelista, San Marcos, San Lucas y San Mateo mientras que la barroca capilla de San Isidro albergaba las de los diez Santos labradores (Adán, Eliseo, Alejandro, Eustaquio, Orencio, Simeón, Emeterio, Lamberto, Galdénico y Esteban). Estas últimas fueron trasladadas al Colegio Imperial en el siglo XVIII donde fueron pintadas de blanco, según el gusto neoclásico de la época. Todas ellas desaparecieron en 1936.

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Antonio Palomino le atribuye también las estatuas de piedra de la Virgen, San Isidro y San Andrés perdidas a excepción de la del titular de la parroquia, que tras un largo periodo de abandono por el jardín y decapitada ha sido recientemente restaurada y colocada en una de las portadas laterales de la Capilla de San Isidro.

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  • La única escultura profana conocida de Pereira es la lamentablemente desaparecida de Neptuno. Fue labrada en piedra para ser colocada en la fuente del Humilladero de San Franciscoen 1640.
  • San Antonio Abad fue esculpido en piedra para la portada del convento de Las Maravillas y en talla procesional para la parroquia de San Luis, ambos realizados hacia 1644 y desaparecidos en 1936.
  • Para el convento de Las Maravillas también realizó una escultura en mármol y piedra de Tamajón de la Virgen con el Niño, hacia 1644.
  • San Agustín y San Felipe fueron igualmente tallados en piedra en 1638 y en 1646 respectivamente. Los conventos de sus titulares fueron derribados en el siglo XIX.
  • Idéntica suerte corrieron las esculturas de San Benito y San Martín y sus respectivos conventos, atribuidas por Antonio Palominoy Ceán Bermúdez
  • El convento de Santo Tomás fue derribado tras un incendio en 1875 y con él también desaparecieron las imágenes de San Pedro y San Pablo realizadas para la capilla de Santo Domingo en Soriano.
  • La Virgen de Montserrat fue tallada en 1641 en madera policromada por el pintor y amigo del maestro Luis Fernández. Preside el retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat.

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  • Santa Isabel de Portugal. Talla en madera policromada. c. 1625. 180 x 88 x 55 cm.
    Monasterio de las Descalzas Reales. Inv. 00612119.

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Al conocer el carácter ascético de la obra madrileña de este escultor, podemos comprender la inquietud y admiración que esta provocaba en un inteligente y mundano Felipe IV.


Casi dos décadas después de contemplar embelesado a San Bruno, el rey tendría aún que soportar las altivas y severas miradas de censura de San Bernardo, San Anselmo, San Ruperto o San Ildefonso cuando cruzara la penumbra de la iglesia de San Plácido en busca de una aventura amorosa en el interior del convento. No en vano, cuenta la leyenda, que el arrepentimiento fue grande y en pago por tal pecado ofrecería al convento el Cristo pintado por Velázquez.

Por Antonio Iraizoz García (*)

FUENTES:

DOMUS PUCELAE. J. M. Travieso.

lahornacina.com, Semblanzas. 

(*) El autor, arquitecto urbanista e investigador, creó en 2011 el blog de historia y cultura portuguesa relacionada con Madrid “Pessoas en Madrid” https://pessoasenmadrid.blogspot.com/  

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