ISABEL DE BRAGANZA. REINA DE ESPAÑA Y

FUNDADORA DEL MUSEO DEL PRADO (y II)

Fernando VII es una fuente inagotable de anécdotas jocosas que a veces rozan lo surreal, en particular las relacionadas con su vida íntima y sus esposas. Isabel de Braganza, su cándida segunda esposa, protagonizó un divertido episodio como consecuencia de los rumores que corrían sobre la afición de Fernando a frecuentar las tabernas y prostíbulos de los barrios bajos en sus correrías nocturnas.


El innato romanticismo de Isabel le hacía dudar de dichos rumores hasta que los hechos hablaron por si solos. La falta de visitas a su lecho conyugal y las insinuaciones de su espabilada hermana María Francisca le hicieron abrir los ojos. Animada por su hermana y para intentar reconquistarlo se vistió con ropa popular, como las manolas que a él tanto le gustaban, se puso unos claveles en el pelo y de esa guisa le esperó en lo alto de la escalera de palacio.

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Pero el azar quiso que Fernando llegase acompañado de Paquito Córdoba, duque de Alagón y del criado Chamorro, amigos y cómplices de sus correrías. Lejos de conseguir el efecto deseado, la reacción que provocó en Fernando al verla así fue un gran susto seguido de la carcajada de los tres amigotes. Humillada como mujer y como reina, comenzó a insultarlo con las palabras más ofensivas que conocía en la lengua de Camões.

 

UN REGALO DE MADRID A LA REINA

Con motivo del primer embarazo de la reina, el Ayuntamiento de Madrid le regaló el denominado Casino de la Reina, según acuerdo que se llevó a cabo el 5 de abril de 1817. Era un palacete de recreo romántico en una finca con grandes jardines y estanques situada dentro de la cerca de Felipe IV.

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Entre sus obras de arte destacaban los techos pintados por Juan Gálvez y Zacarías González Velázquez que actualmente se encuentran en el Museo Romántico y sobre todo, el cuadro pintado por Vicente López Alegoría de la donación del Casino a Isabel de Braganza, actualmente en el Museo del Prado.

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El 21 de agosto de 1817 nació en Aranjuez, para disgusto del rey, la primera hija de ambos. A petición de la reina y en honor a su suegra le pusieron el nombre de María Isabel Luisa, a pesar de no sentir Fernando ningún afecto por su madre. La niña era de constitución enfermiza y murió cinco meses después.


Ante la necesidad de tener un heredero, Fernando volvió a frecuentar el lecho de su mujer. El 31 de enero su cuñada, María Francisca, daba a luz un robusto varón al que llamaron Carlos y que automáticamente quedó en el segundo lugar de la línea de sucesión.

Así como Fernando sentía un gran afecto por su hermano Carlos María Isidro, de carácter tímido y al que protegía, la relación con su cuñada era de total aversión por ver reflejada en ella lo peor de su propia madre, María Luisa de Parma, y por pensar que influía negativamente en su hermano. No en vano, en el nacimiento de este sobrino estaba el germen de las fratricidas Guerras Carlistas.


LA FUNDACIÓN DEL MUSEO DEL PRADO

Pero la gran obra de María Isabel, por la que Madrid debe recordarla, estaba aún por llegar. Ocurrió cuando fue a pasar unos días a El Escorial y, alojada en la Casita del príncipe, decidió echar un vistazo a las obras de restauración que el rey estaba acometiendo en el Monasterio.

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La reina fue a pasar unos días a El Escorial, aprovechando el buen tiempo. Se alojaba en la Casita del Príncipe, pequeña y refinada construcción neoclásica que quizá le recordaba algún palacio de Lisboa y cuyo jardín con magnolios le servían de inspiración para sus pinturas.

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Durante la reciente Guerra de la Independencia, el cercano Monasterio de El Escorial había quedado dañado, por lo que Fernando inició las obras para su restauración.  Sabiendo que su mujer poseía la sensibilidad y el gusto artístico que a él le faltaba, en un arranque de cordura, le pidió que le acompañara y que le diera consejos sobre los trabajos a realizar.


Movida por la curiosidad, Isabel bajó a los sótanos donde descubrió una gran cantidad de pinturas amontonadas. Eran las obras de grandes maestros italianos, flamencos y españoles que el afán coleccionista de los Austrias y en particular de Felipe IV hizo que se fueran acumulando en el Alcázar de Madrid y de cuya compra se encargó en muchos casos Velázquez durante sus estancias en Italia.

Muchas de las pinturas fueron llevadas allí salvadas del incendio que destruyó el Alcázar durante la época de Bárbara de Braganza y después nadie se preocupó de llevarlas de nuevo a Madrid. Otras fueron expoliadas y depositadas allí por los invasores franceses a la espera de ser enviadas a Francia como botín de guerra, siguiendo la costumbre de los ejércitos imperiales.

 
Entusiasmada con su descubrimiento, Isabel comentó lo sucedido con los cortesanos de más confianza quienes le dijeron que José Bonaparte tuvo la intención de llevarlas a Madrid para mostrarlas al pueblo como ya se hiciera en el Louvre con las pinturas de los Borbones franceses.


Isabel pensó exponerlas, en un principio, en el desaprovechado Palacio de Riofrío mandado construir por Isabel de Farnesio. Pero Goya le aconsejó llevarlas a Madrid donde las pinturas podrían ser vistas por un mayor número de visitantes. También le aconsejó que aprovechase un edificio inacabado destinado a Gabinete de Historia Natural y mandado construir por el abuelo de Fernando, Carlos III, a Juan de Villanueva.

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Durante la Guerra de la Independencia el futuro Gabinete de Historia Natural había quedado muy deteriorado al servir de Cuartel del ejército francés.

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Poco tiempo después el rey firmaba el inicio de las obras del edificio donde se instalaría el actual Museo del Prado.

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EL ÚLTIMO EMBARAZO

De vuelta en Aranjuez, Isabel volvió a quedarse embarazada. Tal vez por un episodio epiléptico ocultado, los médicos pensaron que este nuevo embarazo sería dificultoso. La preocupante noticia fue propagándose por todo el reino y comenzaron a llegar de todos los rincones reliquias de los santuarios que, tradicionalmente, podían favorecer el parto, como el Santo Maná o los huesos de San Nicolás de Bari.


Mientras tanto, Fernando continuaba con sus aventuras extramatrimoniales que contrariaban tanto a la reina y no sólo a ella. Un coronel del recién instituido Cuerpo de Policía del Real Sitio llamado Trinidad Balboa tuvo la osadía de, queriendo demostrar que ni S.M. se escapaba de su control, enviar una nota al rey que decía:

Que no hay más novedad que no sea la alarma en la que viven los fieles súbditos de Su Majestad temiendo que los aires fríos y húmedos de la noche en los jardines ataquen su preciosa salud.

A lo que el rey replicó:

Hay una cierta clase de investigaciones que podrían acabar con un viaje a Ceuta.

(Lugar donde eran llevados los funcionarios como castigo).


La noticia del difícil desenlace del parto llegó hasta Brasil desde donde Carlota Joaquina pidió a su hermano Fernando que cuidase especialmente de su hija. El 26 de diciembre de 1818 comenzaron las contracciones y a su habitación se dirigieron los médicos, el cirujano, su hermana María Francisca y un preocupado Fernando, tanto por la suerte de su mujer como por la falta de heredero.


A pesar de todos los esfuerzos por parte de la reina y de los médicos, no conseguían que el parto avanzase y la prolongada fatiga provocó en Isabel una crisis epiléptica que fue paralizando todo su cuerpo hasta quedar inerte sobre la cama, rodeada de reliquias.

El cirujano pidió autorización al rey para efectuar una cesárea a lo que Fernando dio el visto bueno a pesar de que María Francisca insistía en que las crisis epilépticas que sufría su hermana no eran motivo para darla por muerta. Además ninguno de los presentes tenía título con competencia para realizar esa delicada intervención, por lo que tuvieron que llamar al doctor Agustín de Frutos.

Cuando este comenzó a abrir el vientre de la reina con bisturí, Isabel dio un grito terrible de dolor a pesar del cual la operación continuó, en medio de una enorme hemorragia que le causó la muerte. El médico consiguió sacar el bebé, una niña muy débil, a la que trataron de reanimar sin éxito, muriendo también a los pocos minutos.


Al no haber dado hijos a la corona, la reina por cuya iniciativa fue creado el Museo del Prado, fue enterrada en el Panteón de Infantes de El Escorial; el lugar previsto para estas circunstancias pero inapropiado e injusto, desde nuestro punto de vista.

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Cinco meses después, Fernando VII, con treinta y cuatro años se casaría por tercera vez con María Amalia Josefa de Sajonia, de quince años, la tercera de sus cuatro esposas, de la que tampoco tuvo la deseada descendencia que sólo lograría en su cuarto enlace con María Cristina de Borbón-Dos Sicilias del que nació otra niña, la futura reina Isabel II.

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Por Antonio Iraizoz García (*)

BIBLIOGRAFÍA

 

Cassotti, Marsilio. Infantas de Portugal, Rainhas em Espanha. Ed. A esfera dos livros. 6ª ed. 2012.

FUENTES

 

Museo del Prado

Museo de Historia de Madrid

 
(*) El autor, arquitecto urbanista e investigador, creó en 2011 el blog de historia y cultura portuguesa relacionada con Madrid “Pessoas en Madrid” https://pessoasenmadrid.blogspot.com/  

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