EL CARICATURISTA GRÁFICO TOMÁS JÚLIO LEAL DA CÂMARA (I)

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Tomás Júlio Leal da Câmara (Pangim-Nova Goa, 1876 - Sintra, 1948). Fue un gran ilustrador y caricaturista muy crítico con la época y la sociedad que le tocó vivir. Se cebó especialmente con la monarquía y su rey D. Carlos, el gobierno, la policía y la iglesia lo que le obligó, víctima de la censura y la persecución, a exiliarse en España entre 1898 y 1900.

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Colaboró en varios periódicos madrileños donde, siguiendo fiel a su espíritu crítico, arremete ahora contra la reina María Cristina por lo que tiene que huir de nuevo, esta vez a París, al centro del mundo y de la cultura, en el año de la Gran Exposición Universal. En París llegó a exponer conjuntamente con el joven pintor malagueño Pablo Picasso.

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Después de implantada la República en Portugal en 1910 no ve motivos para permanecer más tiempo en Francia y regresa a su país pensando que las cosas habrían cambiado. Desencantado nuevamente al comprobar que la República no había solucionado ningún problema, vuelve a París donde el estallido de la Primera Guerra Mundial le obliga a regresar a su patria en 1915.

Se dedica a la enseñanza del diseño y las artes decorativas durante 27 años. Se casa en 1920 y, tras la irrupción de la fotografía en la prensa, se va apartando poco a poco de la que fue su mayor pasión hasta que fallece en 1948 después de recibir merecidos homenajes y reconocimientos.


MADRID

La estancia de Leal da Câmara, más bien el exilio, en Madrid no sólo le sirvió para madurar humana y profesionalmente sino que dejó una singular huella en nuestra ciudad y en el modernismo, la corriente artística del momento. Por aquella época, Madrid se movía al ritmo de los tranvías, la gente de la calle aún se sentía estafada por la pérdida de Cuba y prefería hablar de la última tarde de toros o del estreno de una revista en El Kursal. Así estaban las cosas en una ciudad que crecía a golpe de café.

LOS CAFÉS

 

El Gato Negro de la calle del Príncipe era la sede de la tertulia especializada, como ninguna otra, en teatro, y donde se podía ver a Ramón del Valle-Inclán y a Jacinto Benavente acompañados por un joven, recién llegado a la capital, llamado Juan Ramón Jiménez. Por aquel entonces, cambiar de café era como cambiar de canal para ver otro programa informativo, era zapear.

Según Valle-Inclán, El café de Levante ha aportado más a la cultura española que todas las universidades. Así, la lista de las tertulias madrileñas se hace interminable, el café de Correos, el Colonial, el Universal, el Lion d´Or, el Suizo, el café de la Columnas, el café Inglés, el Negresco, La Granja de Henar, el Pombo, el café del Prado... Todos ellos fueron protagonistas, en mayor o menor medida, de una parte importante de la historia y la cultura de la ciudad. En este ambiente, hay tres episodios protagonizados directa o indirectamente por Leal da Câmara que llaman nuestra atención.


EL ALTERCADO POR EL QUE VALLE-INCLÁN PIERDE UN BRAZO AL DEFENDER A LEAL DA CÂMARA 

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Ocurrió una calurosa tarde de julio de 1899, en el céntrico Nuevo Café de la Montaña, situado en los bajos del Gran Hotel de París de la Puerta del Sol (hoy Apple), de cuya tertulia formaba parte Leal da Câmara. Él fue el autor de la primera caricatura famosa de Valle-Inclán, su amigo y protector, aparecida en La vida literaria. En ella cruza las dos manos y no tardaría mucho en no poder hacerlo.

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Cuando llegó a la tertulia Valle-Inclán, el mayor de sus polemistas, pidió un café con leche, una botella de agua y se sentó a la mesa, donde la conversación ya estaba bastante animada, en la que se encontraban el editor Ruíz Castillo, el cronista Manuel Bueno y el pintor Paco Sancha.

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Allí se discutía sobre un tema de rabiosa actualidad, el duelo que se iba a celebrar en pocos días entre dos jóvenes modernistas: un señorito andaluz y el artista portugués Leal da Câmara, que noches atrás habían tenido sus diferencias en el Paseo de la Castellana a cuenta del coraje de lusos e hispanos.

A Leal da Câmara algunos compatriotas que vivían en Madrid le habían advertido que tuviera cuidado al exponer sus opiniones ya que los españoles no tenían ninguna simpatía por Portugal, un país al que miraban por encima del hombro. El joven dibujante no tardó en comprobar la verdad de esas afirmaciones ya que estando en el paseo de la Castellana con un grupo de literatos y pintores, uno de ellos se puso a decir barbaridades sobre Portugal. Leal da Câmara no pudo contenerse cuando oyó decir que “Portugal podía ser conquistado con una simple marcha de granaderos”, dio un puñetazo al español jactancioso y recibió la carta que ponía en marcha el duelo. Más tarde liquidaría el asunto a la portuguesa esperando al señorito en el Paseo de la Castellana y dándole una paliza hasta hacerle desistir del aparatoso duelo.

A Valle-Inclán el asunto le había irritado especialmente. El tema del honor hacía que se excitara durante la conversación y su voz destacase, como casi siempre, por encima de la de los demás. El portugués no había tocado nunca un arma y se puso a recibir apresuradas lecciones de un militar amigo.

- ¡Leal ez un niño y eze duelo ez un infanticidio, un crimen! - Gritaba Valle, quien ceceaba, a Manuel Bueno aquel aciago día en el café de la Montaña.

A Bueno le consideraba especialmente culpable porque había sido uno de los que habían llevado la carta de desafío al día siguiente de la disputa. Le reprochaba que no hubiera tratado de calmar al españolito agraviado, que se llamaba López del Castillo. Manuel Bueno, que había permanecido en silencio, alza la voz.

- ¡Señores, todo lo que ustedes están diciendo carece de validez! ¡Leal da Câmara es menor de edad y por lo tanto no podrá batirse!

Valle-Inclán se siente dolido por el comentario de su amigo, se da cuenta que ese dato puede acabar con la conversación de su tema favorito durante los próximos días.

- No zea uzted majadero, que uzted no zabe una palabra de ezo.

Manuel Bueno, ante el insulto, se levanta cogiendo su bastón y amenaza con él a Valle, que contraataca esgrimiendo su botella de agua agarrada por el cuello.

- ¡Majadero! ¡Majadero!


Se produce un gran revuelo en el café, y ante el temor de Bueno de recibir el botellazo del escritor, mueve con fuerza el bastón. Al intentar esquivarlo, Valle recibe un bastonazo fatal en la cabeza y en la muñeca izquierda.

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Parte del grupo se lleva a Bueno por la Carrera de San Jerónimo mientras Sancha y Castillo acompañan a Ramón por la Calle de Alcalá, donde a la luz de un farol recién encendido examinan las heridas sin importancia del escritor. En un dispensario le hacen una cura de urgencia y le tranquilizan: no hay más que un desgarro en el cuero cabelludo, aparatoso por la sangre, pero superficial, y un corte del gemelo en la muñeca: desinfección y “tirita de tafetán”. Pero el bastón de Manuel Bueno era un bastón-estoque, de camorrista y escondía una barra de hierro, un arma ilegal.

A los pocos días, el dolor, que había ido en aumento en su mano izquierda, ya presentaba signos de gangrena, debido a la infección producida al incrustarse el gemelo de su camisa y a la chapucera cura de urgencia. El doctor Barragán fue el encargado de la amputación y su amigo Jacinto Benavente lo acompañó en el quirófano. Valle se despertó antes de terminar y se fumó un habano observando como el doctor terminaba su trabajo.


- ¡Uf, cómo me duele el brazo! - Le dijo a su amigo Jacinto.


- ¡Cá, Ramón! Ése ya no te dolerá nunca más.


El suceso fue primera plana durante semanas en las tertulias de los cafés de Madrid, que se dividieron en dos bandos, los valleinclanistas y los buenistas, y del duelo entre Leal da Câmara y López del Castillo nunca más se supo. Muy poco tiempo después, Valle citó a Bueno en el Café de la Montaña y tuteándolo por primera vez, dijo:

- Mira, Bueno, lo pazado, pazado está. Aún me queda la mano derecha para ezcribir y eztrechar la tuya.

Todos los bohemios de la ciudad se rascaron los bolsillos para acudir a la función benéfica que se organizó una gélida noche de diciembre en el Teatro Lara, para poder comprar entre todos un brazo ortopédico al escritor. Aquella fue una noche de teatro que hizo historia durante años en los cafés de Madrid.

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LA FOTOGRAFÍA DEL MODERNISMO ESPAÑOL

 

En la fotografía vemos a un joven Valle, haciéndose el dormido en original pose, Rubén Darío y Leal da Câmara apoyando su mano derecha en el hombro de su amigo nicaragüense. Fue tomada por Company en abril de 1899, tres meses antes del famoso episodio, y es el único testimonio gráfico de la amistad entre estos personajes. La imagen fue tomada con motivo de la comida en honor al cronista guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que residía en París como cónsul de su país, organizada por la revista La Vida Literaria y preparada por Leal da Câmara en sus últimos detalles, con ilustraciones en la invitación y en el menú.

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La comida fue servida en el restaurante Niza de la Bombilla. En ella se pueden ver retratados hasta veinticinco comensales, entre ellos, Loma, Sawa (personificado posteriormente en el Max Estrella valleinclaniano de Luces de Bohemia), Darío, Paso, Valle-Inclán, Benavente, Rodil, Martínez Espada, Company, Zulueta, Casado, Suarez, Orts-Ramos, Leal da Câmara, Bargiela, Mínguez...

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Sobre la pared del fondo podemos apreciar caricaturas de Leal da Câmara y alguna portada de La Vida Literaria, organizadora del encuentro. 

AMISTAD CON RUBÉN DARÍO

Leal da Câmara conoció a Rubén Darío en 1899, desde las primeras semanas de la segunda estancia de este en Madrid y donde residiría hasta 1900 como corresponsal de La Nación, de Buenos Aires. Empezaron a tratarse cordialmente al coincidir en las redacciones de la ya mencionada La Vida Literaria, El Álbum de Madrid y Madrid Cómico, así como en los cafés de la Puerta del Sol. La cita que Rubén Darío hizo del artista portugués en La Nación fue el primer elogio que se publicó sobre él fuera de Portugal. Su amistad continuaría en París a partir de 1900.

EL RETRATO DE RUBÉN DARÍO

En 1902 Leal da Câmara realiza en París un óleo del poeta nicaragüense, poco antes de ser nombrado cónsul de su país, en el límite entre el retrato y la caricatura basado en bocetos realizados en la anterior época madrileña de 1899 a 1900. Es una caricaturización sin prejuicios del amigo poeta, con rasgos naturalistas que reflejan su mestizaje, su rotunda figura de aires indoamericanos.

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En 1920 Valle-Inclán publicó Luces de bohemia donde incluía una caricaturización literaria de Rubén Darío puesta en boca de Don Latino de Hispalis y en las acotaciones de la escena novena del esperpento situada en el Café Colón. Leal da Câmara se adelantó a Valle-Inclán casi dos décadas al caricaturizarle captando la encarnadura física que encerraba la sensibilidad lírica más poderosa del mundo hispánico y padre del modernismo.

(Continuará)

Por Antonio Iraizoz García (*)

FUENTES

 

Café Arcadia, de José Luis García Martín

Revista Calibán. José Cabanach

El retrato de Rubén Darío por Tomás Julio Leal da Câmara. Una amistad lusoamericana apenas recordada. Juan Manuel González Martel.


(*) El autor, arquitecto urbanista e investigador, creó en 2011 el blog de historia y cultura portuguesa relacionada con Madrid “Pessoas en Madrid” https://pessoasenmadrid.blogspot.com/  

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